El té enseña sin hablar. A observar, a esperar, a agradecer lo simple.
No hay instrucciones que memorizar, solo un ritmo que se aprende a fuerza de repetirlo: el agua que se calienta sin apuro, la hoja que se abre a su propio tiempo, la taza que se sostiene con las dos manos aunque nadie esté mirando.
Uno cree que va a aprender sobre té. Con el tiempo, uno descubre que el té estaba, en realidad, enseñando otra cosa.